Tenemos que hablar. Se sientan en una habitación llena de una atmósfera vacía, calma. Cierran la puerta buscando aislar quién sabe que nuevo debate espinoso y sin embargo se alcanza a escuchar la televisión encendida desde el piso de abajo.
Ni los medios ni los aislantes deteriorados por la humedad del tiempo logran detenerlos, es que la azotea esconde tantos recintos. Oscuros y ciegos, olvidados, pasados latentes, claros, audaces, iluminados. Cualquier cosa que ellos quisieran encontrar diría, pero hasta donde pueda uno llegar.
Antes ya de ubicarse en aquellas sillas polvorientas y desacordes el aire se torna tortuoso en la lucha de los pasados ocultos. En la lucha de los rincones cerrados. Es que es un paradigma que simplemente le araña la piel por dentro al dueño de la duda y que quema al mudo y lo envuelve, lo ata con sogas persistentes y lo hunde casi perpetuamente.
Dolía tanto, el dolor era casi tan exagerado como ambos. Y casi que se carcomían los ojos buscando y buscando esa pizca de infelicidad enterrada en el cuerpo, esas marcas, invisibles a los ojos. El dolor se sentía, se olía, se dejaba ver, había momentos casi eternos en el que no permitía ser amordazado. Tenía que salir, tenía que llorarse, tenía que pensarse y pensarse, tenía que preguntarse y responderse, una y otra vez. Tenía inevitablemente que juzgar buscando víctimas y culpables.
Aunque escarbaban, las palabras que alcanzaban a resbalar eran producto de un puro entorpecimiento y obstaculización de un rincón casi amnésico. Y las risas intranquilas, las risas que daban por segura la develación del disimulo.
Iban a seguir asi hasta que la soga finalmente viera su fin. Hasta que la puerta se restaurara, hasta que las paredes siguieran la polvorienta melodía de aquellas sillas, hasta que las bocas se cansaran de tanto callar. Mientras tanto iban a entrar y salir una y otra vez de aquella indecisa habitación.