4.13.2011

La noche al revés


Es así, todos los días asoma la noche patas arriba, esa noche que por costumbre se ignora con el sueño casi siempre. Esa noche que por costumbre, sobre que esta patas arriba se tira por la ventana.

Esa noche que yo miraba, que yo cuestionaba desde la ventana un día de abril. Miraba lo que se alcanzaba a ver desde la altura del tercer piso, escuchaba la música ajena, sentía el frío que nada podía hacerme. Añoraba la compañía a veces, la verdadera, esa, esa que los sordos se niegan a ver. No añoraba una casa llena de gente, necesitaba una casa simplemente llena. Llena de todo lo que quisiera, llena de noche.

En fin, las cosas seguían este curso, que no era su único. Y yo volaba a la libertad que como la noche, por fin se estaba asomando.


Es a esta hora del día, cuando me puedo finalmente sentar, estirar, relajar. Es a esta hora del día cuando me apetece escribir y es a esta hora del día también cuando las ideas que había reformulado durante un día de calor insoportable se esconden en una cueva, se caen a un pozo. Un pozo como el de mi sueño de antenoche dónde mi bisabuela manejaba un auto en el que iban también mi abuela, y su hija. Eran cuatro generaciones sobre las mismas cuatro ruedas, encerradas en el mismo ámbito. Pero yo reía, mientras mi abuela atravesaba con dificultad y un humor perspicaz inmensos pozos. El auto zigzagueaba y la rancia mujer miraba hacia adelante entre quejas.

Las risas seguían entre nosotras, la antigua y la joven, yo cuidaba su vista hasta que me percaté que el donaire no se contagiaba a las otras dos mujeres, me distraje y el auto cayó al río. Empezó a hundirse entre el agua, a llenarse, pero todas guardábamos calma.

Cuestionarios de una tarde anunciada

El porqué esos trapos sucios, rebosantes de olores, de olores en general, los remitían a su lugar. Ese lugar que en realidad estaba en todas partes y a la vez en ninguno. El porqué del aferrarse a él, para llenar, para conformar al cuerpo, que anhelando fragmentos pedía tanto. El porqué de todo esto, de toda esta psicología histérica, de todo este llanto. Cuán escondido ese porqué estaba, esta y va a estar, porque en realidad es tan claro. Es ese traspié de la historia, de articular personas dónde no corresponde. Es esa mínima y exquisita equivocación, de parir interfectos que tiempo después van a necesitar un trapo sucio, lleno de los olores y la tranquilidad que les falta. Esos que después quizás encuentren la cura en un lugar polémico a una distancia humanamente dura de soportar. Pero que a pesar de todo va a ser perfectamente coincidente, merecedor de aplausos y agradecimientos infinitos, inmortales. Porque a pesar de todo va a ser el cable a la utopía, el puente a la magnificencia.

Como ella.

4.07.2011

Hay cosas que suceden cuando uno no mira. Convengamos que la atención es algo delicado. Convengamos que el mundo es tan inmenso, es tan eterno para mirarlo con sólo dos simples ojos. Hay tiempos que se pasan, hay miedos que surgen de la oscuridad, hay miedos que nacen, hay locuras que imploran ser escuchadas. Hay vida. Hay vida en muchos afortunados.

Hay cosas que brotan, desde la tierra, desde su medio, ese medio profundo, ese medio desconocido, mientras uno se sienta con la intención de ser empapado por una buena canción.

Hay cosas que no se saben, que se ignoran, por el simple hecho de elegir no querer saber. Hay elecciones ciegas después, y quejas, ¡ay! Miles de quejas por esos que en su esencia preferían la mediocridad.

Hay voces, voces que asienten, voces que desentonan, voces que te consumen, palabras en realidad, que son huracanes que amenazan, que debilitan.

Hay opiniones, monólogos, hay expectativas, que se tiran, se desdibujan, se queman, se mueren, se entierran, se pisan.

Hay una persona que responde. Y por suerte en cualquier cartera, hay un cigarrillo.

Hubo una vez en la que un hombre despertó, por la mañana, teniendo recuerdos casi vivos y nítidos de lo que quizás en medio de la noche había soñado. Esta viveza, esta cercanía, esta conexión que habitaba entre dos universos, la confusión, lo tenía intranquilo mientras rezongando levantaba su cuerpo todavía adormecido. Era como las realidades planteadas por Cortázar, dónde ambas perspectivas eran casi innegables. Dónde indios conducían motocicletas, dónde mujeres ahogaban su cuerpo en ríos. Quién sabía en esta inmensidad lo que esa otra realidad tangible significaba. Sólo quién se percatara, de eso está uno más que seguro. Sólo quién quizás con una locura obsesionada palpara esta duda.

Pero el sin embargo siguió con su rutina matutina, siguió con las tareas comunes que este lado de la vida le planteaba, quizás anhelando volver al sueño, del que no habló siempre anhelando.

4.03.2011


Existe ese instante en el tiempo en el que una sequía descomunal recorre los diccionarios, un bozal encarcela el habla y un par de sogas amarran los dedos.

Que pila de segundos más desfachatados. Y vos por ejemplo, vos que te sentás, que dormitas, en cualquier espacio, en esta atmósfera, vos estas gritando adentro. Un adentro profundo, lleno de barreras.

Entonces miles y millones de muñequitos que habitan tu cuerpo empiezan a ir y venir, a correr, a saltar, casi ahogados. Entonces ya en la noche dónde es preciso volar aprovechando el equilibrio del aire, el mundo se torna otro desconocido, entonces es ahí donde un cigarrillo consumido confiesa murmurando que aquello prohibido por lo que tanto uno anduvo no es más que su propio adjetivo.


Es así, lo acepto Juana, existen millones de trastos que aún ni con lavandina logro esclarecer. Pero es así, ya es moneda corriente para mí, eso y muchos otros detalles, como prevalecer siendo habitué del bar mugroso de la esquina durante ya ni recuerdo cuántos años. El tiempo pasa y de qué manera querida.

No obstante yo me quejo y me quejo sabiendo que en mi cabeza está más que asimilado el hecho de que mis manos son las inventoras, las labradoras del camino que me toca.

Y así escribo y escribo textos que, rotos y estropeados jamás van a llegar a parirse como merecen. Jamás van a ver el sol ni la inmensidad. Pobres ellos, que por ser creación me convierten en creadora, que yo por ser creadora los convierto erróneamente en mi imperfecta y frustrada creación. Pobres ellos que ni culpa tienen de yacer en estas páginas, agarrados con alambres, pegados con saliva. Quizás si pudieran, si tuvieras patitas, las palabras disimuladamente se ocultarían, tras alguna que otra piedra, tras algún que otro lápiz, quizás hasta dentro de mi cartuchera.

Y entonces, incapaces de que eso suceda, caen en el tarro, caen en la hoja y en la lista de mis víctimas.