
Es así, lo acepto Juana, existen millones de trastos que aún ni con lavandina logro esclarecer. Pero es así, ya es moneda corriente para mí, eso y muchos otros detalles, como prevalecer siendo habitué del bar mugroso de la esquina durante ya ni recuerdo cuántos años. El tiempo pasa y de qué manera querida.
No obstante yo me quejo y me quejo sabiendo que en mi cabeza está más que asimilado el hecho de que mis manos son las inventoras, las labradoras del camino que me toca.
Y así escribo y escribo textos que, rotos y estropeados jamás van a llegar a parirse como merecen. Jamás van a ver el sol ni la inmensidad. Pobres ellos, que por ser creación me convierten en creadora, que yo por ser creadora los convierto erróneamente en mi imperfecta y frustrada creación. Pobres ellos que ni culpa tienen de yacer en estas páginas, agarrados con alambres, pegados con saliva. Quizás si pudieran, si tuvieras patitas, las palabras disimuladamente se ocultarían, tras alguna que otra piedra, tras algún que otro lápiz, quizás hasta dentro de mi cartuchera.
Y entonces, incapaces de que eso suceda, caen en el tarro, caen en la hoja y en la lista de mis víctimas.
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