11.17.2010

Un cáctus suaviza mis yemas con su piel

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Lloré, me senté en el pasto, prendí un cigarrillo y lloré. Ahí, sola.

Lloré por ellas, por ella, por los viejos, por los niños que ya casi no eran.

Por los momentos que porque fueron, jamás iban a ser nuevamente.

Por todos ellos, que no iban a volver, que no iban a repetirse.

Por las despedidas que aguardaban y temblé.

Lloré por lo que amé, lloré y no porque quise.

Lloré por lo que iba a amar, por todo lo que por mi pasaba y por el misterio de lo que se acercaba.
Cada vez más, sin tardar, sin titubear.

Lloré por las cosas que habían sido y por lo que iba a venir.

Y brindé, brindé por lo que tuve y por lo que perdí.

Cerré los ojos, porque era ahí, donde iban a quedar, en ningún otro lugar. Confié en que cuando los buscara no hubiera sitio dónde no estén.

No había espacio para excusas, para reproches.

El tiempo corría, y yo con él. Siempre.

Más rápido, más fugaz que mis lágrimas.
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