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Lloré, me senté en el pasto, prendí un cigarrillo y lloré. Ahí, sola.
Lloré por ellas, por ella, por los viejos, por los niños que ya casi no eran.
Por los momentos que porque fueron, jamás iban a ser nuevamente.
Por todos ellos, que no iban a volver, que no iban a repetirse.
Por las despedidas que aguardaban y temblé.
Lloré por lo que amé, lloré y no porque quise.
Lloré por lo que iba a amar, por todo lo que por mi pasaba y por el misterio de lo que se acercaba.
Cada vez más, sin tardar, sin titubear.
Lloré por las cosas que habían sido y por lo que iba a venir.
Y brindé, brindé por lo que tuve y por lo que perdí.
Cerré los ojos, porque era ahí, donde iban a quedar, en ningún otro lugar. Confié en que cuando los buscara no hubiera sitio dónde no estén.
No había espacio para excusas, para reproches.
El tiempo corría, y yo con él. Siempre.
Más rápido, más fugaz que mis lágrimas.
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