Y no merece pánico ni desesperación la eventualidad de que el destino, místico e impreciso, haga posible uno de los pocos pequeñísimos errores. Esos, los más hermosos, los más increíblemente humanos. Esos, que revuelven cualquier esencia y cualquier destino y ponen la cabeza patas al cielo. Los mas eternos y a su vez los mas trágicamente mortales.
Esos, errores preciosos, magníficos, esos tesoros temidos por muchos pares, los incondicionales.
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