
Por fin, por fin llegamos a las seis y chirola a Frankfurt.
El aeropuerto era más grande que el pueblo de dónde veníamos, tomamos un tren, aconsejados por una señora con traje en una bicicleta pequeña. Incontable número de cintas transportadoras nos esperaba para llegar al Gate A 40, que dicho de paso más lejos no podía quedar.
El aeropuerto era más grande que el pueblo de dónde veníamos, tomamos un tren, aconsejados por una señora con traje en una bicicleta pequeña. Incontable número de cintas transportadoras nos esperaba para llegar al Gate A 40, que dicho de paso más lejos no podía quedar.
Pero antes de eso saludamos a Alemania, conocimos el frío, juntos, en compañía de un cigarrillo y de una vereda blanca.
Más checks in, más esperas. Y ahí acampamos, en el piso, argentinos tranquilos e inadaptados frente a una Alemania elegante y conservadora.
Pero reímos, fuerte, hablamos o más precisamente gritamos.
Despreocupados siempre. Jóvenes eternos.
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